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Es un tema complejísimo en sí para todos los seres humanos, hasta he llegado a pensar que cualquier animal (digo de 4 patas) llega a tener más autoestima que muchos de nosotros. Las personas desde niñas nos acostumbran a “ganarnos” el cariño de nuestros padres, a través de comentarios como “si te portas bien, te voy a querer más” “si no lloras te ves más bonita” o si eres hombre “los hombres no lloran, eso es para viejas”.

Así el ser humano se va comprando la idea de que todo lo que haga para el exterior o sea para los demás se verá recompensando viendo sus sueños hechos realidad uno por uno. Pero tristemente no es así. Las conductas que mencione con autoridad, en edad ya consiente (doce años en adelante) nos hace captar una imagen errónea de nosotros mismos, basado en el complacer en el mundo exterior, que si la gordura, que si los granos, que si la piel, que si cabello, etc., y hacemos hasta lo imposible para subsanar estos defectos interpuestos por la sociedad para tener un lugar en ella. ¿Qué pasa cuando esos “defectos” son imposibles de subsanar a causa de una discapacidad? En una de las fases del duelo en la discapacidad, es la no aceptación y eso conlleva la exigencia de ser perfectos en todos los ámbitos (hijos, amigos, trabajadores) tratando de siempre complacer a los demás a costa de lo que sea.

Llega un momento que la vida te da un wake up o zape, tan enorme para que reflexionar en el para que estamos en esta vida, el para que escogimos venir a este mundo con esa condición. Es el justo punto para voltear a nuestro corazón y ver que tenemos, cual es el contenido de este. Pero para voltear a ver nuestro corazón, hay demasiadas telarañas que se tejen por el abandono que nosotros mismos propiciamos por estar complaciendo siempre a los demás, o viceversa haciendo daño a los que nos rodean para desquitarnos del porque nuestra condición. Esas telarañas puestas a nuestro corazón es lo que le llamo baja autoestima, y para quitarlas se necesita un antídoto súper potente y que no se consigue tan fácilmente y que teniendo una discapacidad es más difícil conseguirlo, se llama amor propio. Se nos olvida que ese antídoto nace con nosotros, es parte de nuestro ser, y que basta con estar vernos al espejo y escuchar los latidos del corazón para ser conscientes que el primer amor que debemos sentir es por nosotros mismos. Y claro regar esa plantita todos los días pero esa, es otra historia…

Cristina Treviño

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